Morir o migrar

Escrito por Sonia Ros en la categoría Proyecto FAM

Reflexiones que me gustaría leer el Día Internacional de las personas migrantes.

Imagen de Rasande Tyskar

El viernes pasado fue el Día Internacional de las personas migrantes. Por fortuna e infortunio, es un tema que siempre es de actualidad. Hemos disfrutado de algunos artículos y reflexiones en los medios de comunicación. Muchos de estos análisis se centran en la integración de estos colectivos en las sociedades que los acogen. Otros, en los derechos que tendrían que encontrarse reconocidos al llegar y los que no. Porque, no nos engañemos, hay muchos debates sobre qué derechos habría que garantizar a las personas recién llegadas con la consecuente asunción de dos clases de ciudadanía: la primera y la segunda.

Pero se pueden leer pocos textos sobre el origen de estas migraciones. A veces, en algún viaje del Ministro de Exteriores sentimos que hay que cooperar con el desarrollo económico de ciertos países para que las sociedades disfruten de un bienestar que les saque de la cabeza la idea de venir a nuestra tierra. Y de la misma manera que no se informa ni se analiza la relación entre migración, conflictos bélicos y exportaciones armamentísticas, tampoco se hace sobre el hambre.

Las voces políticamente incorrectas, minoritarias y silenciadas ya hace tiempo que nos hablan de que ser un migrante económico también quiere decir huir de la falta de trabajo, de la falta de salud, de la falta de alimentos. Huir del hambre. Pero cada vez son más las voces autorizadas (las políticamente correctas) que intentan evidenciar lo que ya se considera un hecho. Existe una relación comprobada entre seguridad alimentaria y migración.

Y ya que hablamos de huir. Vale la pena recordar que huir del hambre es huir de la muerte. Y huir de la muerte está recogida como una de las causas por las que una persona puede demandar asilo político en otro país. Aunque muchos no quieran ni oír hablar de ello, en términos morales no hay ninguna diferencia entre un migrante y un refugiado. Y estaría bien que los organismos responsables, así lo recogieran en sus recomendaciones. Con el riesgo, claro está, de que quede en papel mojado como quedó la Declaración de Barcelona sobre los Derechos Alimentarios del Hombre (y de la mujer, gracias) en 1992. En su artículo 8 dice: "... En caso de movimientos de poblaciones afectadas por situaciones de hambre, no se debe impedir su libre circulación ni poner trabas en las fronteras".

Pues eso, que ni concertinas en Ceuta, ni muros en Hungría, ni cuotas en Europa. Éstas son las reflexiones que me gustaría leer el Día Internacional de las personas migrantes.

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